sábado, 13 de abril de 2013

El porqué de una renuncia




He renunciado a la dirección de Inteligencia y Seguridad: Revista de Análisis y Prospectiva.  Y lo hago consciente de que dejo atrás un proyecto que en origen fue positivo y tras doce números, se ha convertido en algo muy diferente. Aunque el color rojo-burdeos que decidí utilizar se mantenga, aunque la estructura tan pensada y ligada a las publicaciones internacionales en materia de inteligencia que me sirvieron de inspiración siga igual, el espíritu y el modo de gestión, dirección y edición es a todas luces, muy otro.

Considero y creo firmemente que el fundamento que anima la tarea de un profesor de universidad es verificar que aquello en lo que investiga se haga de acuerdo a los principios del método científico y que, además, la comunidad académica se beneficie de aquello que investiga. No siempre se consigue, pero en mi caso, desde luego, se intenta todos los días. 

Para que los resultados de esas investigaciones se conozcan y se difundan de manera adecuada, existen herramientas y foros donde ponerlos a disposición de esa comunidad. Uno de los más importantes lo constituyen las publicaciones científicas. Por ello, en 2007 decidí poner en marcha el proyecto pionero en España de diseñar, editar y publicar una revista científica sobre materias relacionadas con Inteligencia. Creo que era necesario, útil y un buen empuje a la tan usada expresión “cultura de inteligencia” en España. La editorial Plaza y Valdés, la Universidad Rey Juan Carlos a través de su cátedra servicios de inteligencia y el CNI se sumaron a la iniciativa y ésta se llevó a cabo. Doce números después dejo la dirección, el comité científico y cualquier vinculación con la misma.

Una revista científica es en cierto modo un ente vivo, que debe adaptarse a la realidad de sus tiempos. Compaginar la calidad con la apertura al conocimiento, universal y completo. Es un espacio de crítica y de contraste, de interacción para que de esa dinámica dialéctica, se avance y se alcance la excelencia. Nunca se puede convertir en páginas de autosatisfacción ni de pensamiento acomodaticio a una realidad dada o a una consigna. Ni tampoco pueden primar intereses económicos o de beneficio. Los académicos lo sabemos porque vivimos entre publicaciones científicas todos los días: es un espacio de comunicación crítico en sentido etimológico y científico. Una publicación seriada científica debe crecer y debe, sobre todo, adaptarse a lo que la comunicación internacional impone en materia de difusión científica: calidad y con criterios de mayor relevancia, impacto y visibilidad, accesible y gratuita. Luché y mucho por tratar de alcanzar estos criterios, elementos clave en la consideración y repercusión que toda revista que se precie, debe tener.  Tras siete años y muchas páginas corregidas, editadas y demasiados esfuerzos al pie del cañón, considero que el tiempo de mi vinculación personal y académica con una publicación como Inteligencia y Seguridad, ha pasado. 

Sólo me resta agradecer a un exiguo número de colaboradores, profesores e investigadores académicos su leal contribución, apoyo y comprensión. Especialmente al profesor Luis Moreno, director del Instituto de Investigación en Inteligencia de la Universidad Carlos III de Madrid su apoyo y generosa contribución desde su conocimiento en la edición de publicaciones científicas. El Instituto, del cual formo parte y del que fui miembro fundador, también se desvincula por completo de la edición de esta revista. Agradezco también muy sinceramente las contribuciones de los autores que durante estos años no han hecho sino enriquecer con sus textos y contenidos un proyecto editorial como fue la Revista. En todo caso, los resultados están ahí y cualquier observador/evaluador objetivo podrá analizarlos.

Simplemente deseo éxito a los continuadores de la revista y por mi parte, expresar mi vocación de continuar por senderos diferentes y con proyectos científicos que en materia de inteligencia nos hagan avanzar con criterio, profesionalidad y vocación de calidad internacional desde el mundo académico y universitario. Ideas no faltan y voluntad tampoco.

Williamsburg (VA), abril de 2013


jueves, 10 de enero de 2013

Sobre La noche más oscura: una película de inteligencia (en guerra)




Desde la más temprana Antigüedad, imperios y potencias han intentado acceder a dos tipos de secretos de sus enemigos o de sus posibles competidores: primero las capacidades del adversario y, segundo y más importante: sus intenciones. Cómo lo hicieron y qué medios emplearon para ello en cada época sería argumento para una historia universal, no sé si de la infamia, al modo de Borges, pero sí de la obtención de informaciones: las abiertas y las otras. Permítaseme que utilice a modo de homenaje el título que encabeza estas líneas. Lo tomo prestado casi en su totalidad de la obra homónima del gran historiador militar británico John Keegan, fallecido en este 2012 que acabamos de dejar atrás. Su Intelligence in War: knowledge of the enemy, from Napoleon to Al-Qaeda, traducido al español (Turner, 2012) continúa siendo una lectura de enorme atractivo para extraer algunas enseñanzas y lecciones aprendidas del papel jugado por los medios de inteligencia (y no sólo de espionaje) en los conflictos de la historia contemporánea. Keegan miró al pasado y nos legó una importante cantidad de reflexiones que contribuyeron a configurar lo que él denominó en su obra más aclamada El rostro de la batalla.

Traigo a colación este asunto, el de la participación y alcance real de los medios y servicios de inteligencia en situaciones de conflicto armado como consecuencia del visionado de la película La noche más oscura, recién estrenada en España. Como se sabe, la aclamada directora Kathryn Bigelow (En tierra hostil, 2008) reconstruye los pasos dados desde el 11-S hasta la noche del 1 de mayo de 2011 en que un equipo de Navy Seals de Estados Unidos irrumpió en la vivienda situada en Abbottabad (Pakistán), dando muerte a Osama Bin Laden. Fin de la historia oficial. Una historia que perfectamente podría quedar reducida a una imagen, la de la célebre fotografía de Pete Souza, convertida ya en icono del siglo XXI con la cúpula de la administración Obama y el propio presidente siguiendo en tiempo real y con nerviosismo indisimulado el desenlace del asalto. Por cierto, en ella, delante del presidente, se puede ver al ahora flamante nuevo director de la CIA en sustitución del general Petraeus, el veterano de la Agencia, John Brennan.

Pero hasta ese final, definido como misión exitosa, fueron miles de horas de interrogatorios (o eufemísticamente: “técnicas de interrogación coercitivas”) y empleo masivo de drones. Estos dos programas, alentados precisamente en su momento por Brennan y ahora distanciado de ellos, arrojan también sus cifras, bastante elocuentes por cierto: con Bush hubo no más de cincuenta muertos causados por aviones no tripulados; con Obama son más de 360, convirtiendo el espacio aéreo de la frontera entre Pakistán y Afganistán en un verdadero enjambre a la busca del terrorista desde el cielo. Estos datos hacen pensar a expertos analistas como Micah Zenko que, en realidad, lo que se ha producido es una clara institucionalización del programa de Unmanned Air Systems

También hubo pistas falsas, detalles y piezas de información aisladas, hipótesis contrastadas y desechadas, caminos sin salida, errores dramáticos de inteligencia (incluyendo la muerte de los siete agentes de la CIA a resultas del atentado suicida en la base afgana de Khost en diciembre de 2009). Finalmente, la intuición y sobre todo la tenacidad de una agente (interpretada por Jessica Chastain) hizo del emisario Abu Ahmad la pieza clave que conduciría finalmente hasta el paradero de OBL o Gerónimo, como denominan en clave al objetivo en la película. Hasta entonces, los ataques del 7-J (2005) en Londres, los atentados contra el hotel Marriott de Islamabad (2008), y otros muchos fueron marcando la dramática agenda de seguridad internacional. Por cierto, la película no hace ni una sola mención al 11-M de Madrid, salvo una mínima alusión a España en una conversación perdida entre todo el guión de la película. Todos estos ataques se convirtieron en muestras inequívocas de la dimensión global y transnacional del fenómeno Al-Qaeda y sus filiales geográficas. Las reflexiones sobre su modelo estructural, las motivaciones de sus miembros (compensación económica frente a fanatismo) y la diferente naturaleza de la amenaza que suponía enfrentarse a cientos de activistas repartidos por todo el mundo dispuestos a inmolarse en nombre de la Yihad global están presentes en bastantes de sus minutos.

Debo decir que la película no me ha causado una impresión especialmente intensa. No la considero un gran título. Es de factura correcta pero previsible y demasiado larga. Aunque esto, naturalmente, es muy subjetivo. Aún así, se pueden subrayar algunas aportaciones de interés. La noche más oscura ocupará su necesario espacio dentro del nuevo cine sobre “servicios de inteligencia” que desde hace unos cinco años a esta parte viene llenando regularmente los títulos de la cartelera. Ésta oscila entre la tradicional y simpática cita con James Bond, las recreaciones de “operaciones exitosas de inteligencia” más o menos emocionantes, aunque sepamos por los libros de historia su desenlace final (El caso Farewell, Argo) o adaptaciones cinematográficas de clásicos del género (El Topo), sin perder de vista ficciones televisivas de enorme impacto y visibilidad como la galardonada Homeland. Es de suponer que todas estas contribuciones cinematográficas conforman o deforman, según se mire, la imagen y el conocimiento real de lo que un servicio de inteligencia es o no es, hace o no hace en tiempo de guerra y en tiempo de paz, aunque sea ésta precaria o sometida a los dictados de la asimetría perpetua.

La película de Bigelow ha despertado, asimismo, una gran controversia por varios motivos. En primer lugar por justificar aparentemente el interrogatorio extremo como medio para alcanzar el fin último de la seguridad nacional. Ello alimenta el ya tradicional debate sobre si vincular inteligencia y ética es, en realidad, un oxímoron insalvable. Segundo, porque la Comisión de Inteligencia del Senado de Estados Unidos está investigando si la CIA aportó datos reservados para la escritura del guión. Y tercero, porque se pone en tela de juicio lo realmente ocurrido ya que muchos expertos disienten de que gracias a esos interrogatorios se llegase a la pista definitiva sobre el mensajero de Bin Laden. Tras asistir a sus más de dos horas de metraje, es inevitable preguntarse si realmente aquello ocurrió de ese modo o si hay más licencias del guionista que un riguroso ajuste a la veracidad de los hechos. La película, claro, es una recreación o, más exactamente como han expresado desde el propio equipo de dirección, “una dramatización de lo que allí ocurrió”, dejando así todo demasiado abierto a interpretaciones, comentarios y críticas de todo calibre. Entonces, tal vez sea necesario para aclararnos algunos puntos leer reflexiones como las de Peter Bergen o más específicamente testimonios biográficos como los de Mark Owen (Un día difícil, Crítica, 2012), miembro del equipo de Seals y testigo directo de la operación. Paralelamente, la película incluye con desigual nivel de profundidad y acierto asuntos como la ética del trabajo de inteligencia y el alcance de los programas secretos de cárceles clandestinas diseminadas por todo el mundo, con veladas críticas a lo autorizado durante la administración Bush y la herencia dejada al presidente Obama. Esto abre un equívoco debate maniqueo que oscila entre Obama-bueno, Bush-malo.

Sí destacaré algunos detalles meritorios reflejados en unas cuantas escenas, para comprender algo mejor el trabajo de un analista de inteligencia, como la valoración de las fuentes de información, la integración de múltiples datos aislados (el ya clásico modelo “puzle”), el establecimiento y construcción de buenas hipótesis de trabajo que pongan sobre el camino correcto o el estudio detallado de elementos aparentemente inconexos. Hay, asimismo, una particularmente interesante mirada sobre los peligros de la indecisión, sobre el qué hacer o qué no hacer cuando la incertidumbre o la neblina de la guerra por utilizar el término clásico de Clausewitz se cierne sobre el trabajo de inteligencia. De hecho, preguntados los analistas y directivos de la CIA sobre si en ese edificio está o no está Bin Laden (que es, en definitiva, la pregunta determinante que separa la última puerta: el trabajo de inteligencia ya finalizado de la decisión final que está a punto de tomarse) nadie salvo la protagonista es capaz de aportar una respuesta definitiva, un sí o un no rotundo: “trabajamos con porcentajes y estimaciones, no con certezas absolutas”. Es ahí, de nuevo, donde la obstinada (y casi obsesiva) protagonista se basa no tanto en pruebas irrefutables, como en un factor que no siempre ha sido reconocido en el trabajo de inteligencia: el papel de la intuición en nuestros procesos de toma de decisiones y que trabajos como los de Daniel Kahneman están volviendo a poner de relieve.

En suma, el gran valor de La noche más oscura, a mi juicio, es que se trata de una película no de guerra sino de inteligencia en guerra. Una guerra particular, con un enemigo que presenta un rostro muy diferente al que contemplaban los ejércitos hasta bien entrado el siglo XX. Se dispone de satélites y son muy útiles; se tienen drones y son necesarios. Hay tecnología de sobra, aplicada al control, seguimiento, vigilancia de objetivos y al tratamiento de grandes volúmenes de datos. Pero sin información procedente de fuentes humanas, ni la mejor tecnología es capaz de adentrarse en los designios o en las intenciones del enemigo algo que constituye una de las pocas esencias inmutables del negocio de la inteligencia desde la noche de los tiempos. Es más, desde una perspectiva integral de aprovechamiento y explotación de todos los tipos y medios de inteligencia disponibles (desde las interceptaciones de comunicaciones hasta la adecuada interpretación de fuentes abiertas de información) estos demuestran su protagonismo en la película y todas en su correspondiente nivel en la producción de inteligencia: sin su concurso y, sobre todo, sin su aprovechamiento integrado, difícilmente permiten alcanzar éxitos en el moderno campo de batalla contra el terrorismo. Se entraría así en el viejo debate de si la contribución de la inteligencia por sí sola fue determinante para ganar un conflicto clásico o si, por el contrario, como prestigiosos historiadores de la talla de David Kahn, Michael Handel o el propio Keegan sentenciaron hace años, ésta ha sido siempre un multiplicador de la fuerza; un factor necesario pero secundario y nunca suficiente en el modo de conducir una guerra convencional. Sin embargo, como ya se sabe desde hace años y esta película muestra claramente, en este tipo particular de combate asimétrico, sin inteligencia antes, durante y después de una operación, no hay éxito posible. Ahora bien, ello no implica automáticamente que con buena inteligencia se consiga siempre el resultado esperado, ni mucho menos. 

La amenaza del fallo y sus múltiples caras, bien por sobre o infraestimación, por descoordinación o por otras muchas anomalías están siempre presentes. Sin embargo, no cabe ninguna duda de que no existe capacidad preventiva superior a una buena inteligencia. Las estrategias nacionales de seguridad, los libros blancos de la defensa, etc., así lo corroboran, otorgando un protagonismo cada vez más creciente a los medios y capacidades de inteligencia en el primer nivel de lucha contra las amenazas transnacionales en las que la dimensión económica, social y aún cultural promueven un cambio de paradigma contemporáneo de qué es inteligencia y cómo contribuye a la seguridad nacional. Y ello tanto en teatros de operaciones donde se encuentran tropas desplegadas como en la aparente tranquilidad de una ciudad a miles de kilómetros de nada que pueda recordar a una guerra. De hecho, en estos textos la preeminencia exclusivamente militar o policial se diluye en beneficio de un tratamiento omnicomprensivo, integral e integrado. 

Se necesita conocimiento, no sólo información. Pero, sobre todo, se requiere un modo de contemplar los hechos desde múltiples dimensiones orientadas por formas de pensamiento crítico, transversal y creativo capaces de adelantarse a la próxima jugada, capaces de “ver lo que hay al otro lado de la colina”, como sentenció con sentido táctico en plena época napoleónica el duque de Wellington. Es ahí, por ejemplo, donde la cultura de inteligencia nacional, si está bien diseñada, planificada y orientada, contribuye notablemente a separar el mito de la realidad, aislar los estereotipos literarios o cinematográficos propios del siglo XX de la verdadera naturaleza de los medios de inteligencia al servicio de la seguridad colectiva. Una seguridad que se basa, cada vez más en una búsqueda activa de la paz con un menor empleo de la (costosa) fuerza y con más medios de inteligencia para conocer con más precisión el conjunto de amenazas, riesgos o peligros y poder articular respuestas adecuadas. 

Se consigue así hacer de la prospectiva y no tanto de la reacción, el modo más eficiente y eficaz en nuestros tiempos de restricciones y recortes. 

Diego Navarro B.

lunes, 15 de octubre de 2012

Morir matando






Ya está terminado. Y pulcramente editado. Casi cuatro años después.

Durante todo este tiempo he compaginado mi actividad cotidiana docente e investigadora en la Universidad con la redacción de estas páginas, convertidas ahora ya en realidad, planteadas y culminadas en este libro que ha sido todo un reto personal profundo. Tanto que, en ocasiones, más lo he considerado una completa regresión conducente a ajustar las cuentas con mis particulares preocupaciones, inquietudes y enigmas que una obra creativa. Ese proyecto acaba de ver la luz. Ahora, cuando tengo encima de mi mesa el ejemplar recién impreso, enviado desde Sevilla con todo detalle y buen hacer tipográfico por Abelardo y Pedro, experimento una especial sensación nunca antes vivida. Probablemente también porque nunca antes abordé un trabajo como éste: bajo esta perspectiva, estilo y registro.




Unos defendieron sus opciones a golpe de fusil. Otros a base de ficha y archivo, control y depuración. Varios de aquellos hombres murieron matando. Yo llevo su apellido.

 

En este libro he buceado en los procedimientos de control burocrático de la sociedad que desde 1937 Franco puso en funcionamiento gracias a un proyecto organizativo sin parangón en España: la recuperación de cuanto documento y testimonio fuese dejado, abandonado o incautado a partidos, sindicatos, ayuntamientos, unidades militares, ateneos, casas del pueblo, etc., agrupados en el conjunto de las fuerzas de izquierda enfrentadas a Franco. En cualquier localidad, ciudad o villa, los equipos de recuperación de documentos consiguieron hacerse con un botín de papel que sería determinante para imponer las políticas de represión, control y depuración política y social posterior. 

Fue pronto y fueron unos pocos pero las cifras son elocuentes. Lo cuento en el libro ya que la “Nación Fichada” y su centro localizado en Salamanca constituyó una gesta organizativa en la que fotos, actas, libros, cartas, diarios, registros, informes, carpetas, todo, sirvió de base documental para crear dos millones de fichas de personas desafectas. Se rastreó toda España buscando cualquier papel que contribuyera a cartografiar la desafección con el llamado “Glorioso Movimiento Nacional”, tal y como lo habían denominado desde Burgos y Salamanca. Toneladas de papel llegaban en siniestros convoyes de tren a la ciudad del Tormes. Allí, en oscuras dependencias se procedió a generar las necesarias fichas para determinar la actuación de los enemigos de la "Nueva España".




 Pero Morir matando es, además del relato de una investigación, la crónica de una obsesión, la que ha marcado durante años mi particular universo de vinculación con la Guerra Civil Española. Una interrelación profunda, íntima, particular, ya que nace de raíces oscuras y familiares, registrada en historias entrecortadas que he podido recuperar finalmente. Coincide su publicación con la aparición casi simultánea del espléndido y rotundo Ayer no más, de Andrés Trapiello. Él sabe cuánto debo a su obra e influencia (desde las Armas y las Letras hasta el determinante La noche de los Cuatro Caminos). Este alumbramiento casi paralelo de ambas me llena de felicidad y respeto profundo.


***


Todas las guerras generan sus trincheras. La elección de una de ellas depende de lo cerca que se quiera estar de la muerte, de la gloria o de la ignominia. En mayo de 1939, milicianos anarquistas del Servicio de Información Especial Periférico se escaparon del campo de Albatera. Recorrieron 600 kilómetros para matar al cacique de su pueblo antes de emprender el exilio francés. Todo salió mal. Uno de ellos, enfrentado a la Guardia Civil, murió matando. Ese mismo mes de mayo, con la Guerra Civil finalizada, seguían llegando toneladas de documentos a Salamanca. Allí, desde otra trinchera, hecha de legajos, sacos de papeles, máquinas de escribir y turnos de trabajo sin cesar, se completó la mayor gesta organizativa con fines represivos nunca vista en la España contemporánea: la elaboración de casi dos millones de fichas personales con las que llevar a cabo la depuración del Nuevo Estado nacido de la victoria. En una época preinformática esta increíble planificación, ejecutada por un reducido grupo de hombres y mujeres, alumbró el mayor archivo de la historia de España con una implacable finalidad de control social. 





Este libro se adentra en aquellos dos hechos, aparentemente inconexos. Transitar por el registro de la memoria familiar ofreció resultados inesperados. El control de la sociedad por medio de la información obligó a deslizarse por la sórdida burocracia represiva de los bandos enfrentados y mostró la cara más letal de la represión sistemática de unos y otros. La aplicación de criterios racionales en la organización de la información hizo posible separar, depurar, reprimir, limpiar, eliminar a cuantos quedaron excluidos de la ortodoxia, de los parámetros oficiales o de las nuevas hormas políticas, sociales y religiosas. El III Año Triunfal se coronó exitosamente al crear la "Nación fichada", concepto que desarrollo en este libro, cuyo germen se localizó en la ciudad de Salamanca. En última instancia, la elección de una trinchera u otra se llevó a cabo por medios y recursos muy dispares para contribuir a la victoria final: a golpe de disparo o de ficha.


DiegoNavarroB.

lunes, 9 de julio de 2012

Aquellos hombres salvajes de miradas épicas


Ha muerto Dutch Engstrom y la noticia merece que me detenga, al menos, unos instantes. Hago un alto en mi actividad docente de verano para esbozar en esta breve entrada de blog, apenas unos párrafos algo apresurados. Nacen del recuerdo y de la necesidad de mostrar admiración y homenaje tras rebuscar en la memoria visual y emotiva. Pocos párrafos, en suma, pero llenos de hondura y significación personal para quien, como muchos otros, afortunadamente, comprendimos un día que el cine nos brindaba desde niños unas sensaciones y momentos felices que nos han acompañado toda la vida. 

Tal vez no les suene el nombre, entre otras cosas porque era un personaje, un maravilloso e irrepetible personaje de una no menos legendaria y rotunda película. Ha muerto el actor Ernest Borgnine, una de las últimas leyendas de Hollywood (tal vez sólo quede Kirk Douglas vivo de aquella generación) que escribieron una época inmensa en la historia del cine. Y digo que ha muerto Dutch Engstrom porque para mí, el actor Ernest Borgnine será siempre Dutch, el fiel amigo y apoyo del inmenso Pike Bishop, un William Holden de leyenda en la muy amada para mí Grupo Salvaje de Sam Peckinpah.


Vi Grupo Salvaje por primera vez en formato VHS una somnolienta tarde de agosto de 1991. Y creo que ninguna otra película me ha impactado tanto y de manera tan determinante, desde el primer fotograma hasta el último, en toda mi vida. Después de aquella primera vez se han sucedido  (no exagero) aquellas veinte o veinticinco veces en que la habré vuelto a visionar solo o con amigos en sesiones inolvidables; en todas las versiones posibles (mutilada, en español con subtítulos, en inglés, en pantalla grande de filmoteca, versión restaurada, en televisión, en la buena edición en dvd con magníficos documentales con el making of, etc.). Y, como la primera vez, Grupo Salvaje subyuga, impacta, inquieta, emociona, crea desazón, te reconcilia con una manera de ser y de sentir. Y te hace amar, un poco más si cabe, el lado brillante de los dignos perdedores, de los outsiders que poblaron con profusión única los caminos del western llamado crepuscular. Un género en el que, con permiso de algunas joyas fordianas (Centauros del Desierto por ejemplo) con las que el siempre interesante Carlos Boyero nos ha hecho recientemente vibrar, Sam Peckinpah fue acaso uno (si no el mayor) de sus más determinantes  y dignos representantes.





Hablar de la maravillosa interpretación de sus personajes es hablar de épica, de lirismo en la violencia, de códigos y de fidelidad en un mundo en retirada para los hombres desplazados, configurando un particular universo "Peckinpah" que quienes nos reconocemos profundamente admiradores del director californiano, comprendemos al momento.

Yo había descubierto a Peckinpah con otra de esas películas duras y rotundas: La Cruz de Hierro. Pero fue con las maravillosas Duelo en la Alta Sierra, Mayor Dundee y, sobre todo, la inmensa Pat Garrett & Billy the Kid con las que acrisolé la inmensa impresión que Grupo Salvaje había causado en mí y sigue causando. Llegarían años más tarde títulos que no alcanzaron tanta relevancia a pesar de que es difícil no encontrar la particular y magistral mano de Peckinpah en todos y cada uno de sus filmes: los mayores y los menores.

Sobre el cine de Peckinpah se han escrito notables y brillantes páginas en revistas, monografías y estudios de enorme trascendencia hasta configurar esa bibliografía especializada en el director californiano. Recomiendo especialmente el libro de Carlos F. Heredero y los de Garner Simmons (profusamente ilustrado) y el de Francisco Javier Urkijo, en la colección de directores de cine en Cátedra.  Grupo Salvaje fue rodada en 1968 y causó un formidable revuelo en Hollywood acusada de fomentar una violencia desatada. Pocos años después, Peckinpah volvió a conseguir lo que parecía ya imposible después de aquello: ofrecer otra vuelta impecable a uno de sus temas por antonomasia: la amistad traicionada. En ella, el sheriff Pat Garrett (James Coburn) y el bandido Billy (Kris Kristofferson) entablan su particular duelo de miradas, de actitudes y de valores en una película cuya banda sonora firmada por un Bob Dylan en estado de gracia es simplemente apoteósica y digna de la no menos extraordinaria partitura que compusiera el propio Jerry Fielding para Grupo Salvaje.


A lo largo de estos casí veintiún años de visionado y apego a la película, aprendí diálogos, memoricé escenas, recité de corrido conversaciones de unos y de otros, descubriendo del derecho y del revés siempre un nuevo detalle, una mínima aportación desconocida o que había pasado desapercibida. Pero, sobre todo, aprendí a amar a unos personajes cuya trayectoria vital registrada en más de dos horas de metraje, como solían ser las películas antes, me dolió por la inmensa impronta épica que había en todos ellos: los que se situaban al margen de la ley y los que estaban de su parte.

Duele tanta belleza en la decadencia y duele comprender que en los diálogos y, especialmente, en las miradas, se encierra todo un mundo que ya no deja opción a los antihéroes. Las puertas del cielo llaman continuamente en Grupo Salvaje y sólo quiero, para terminar, recomendarles algo. Es sencillo. Véanla. No les asuste una violencia que tal vez resulte anacrónica. Comprendan a los personajes y lo que representan. Acepten que Pike Bishop, Dutch Engstrom, los hermanos Gorch y la caterva de secundarios maravillosos que pueblan este western duro y elegíaco hicieron lo que tenían que hacer, se condujeron según su propio código y aceptaron la única alternativa coherente, digna y honesta que les quedaba. Ah, y no olviden fijar su atención en los ojos de Ernst Borgnine cuando ad-mira al jefe de la banda (ese "grupo u horda, en traducción francesa, salvaje"), a un Pike Bishop, viejo y cansado, como él, pero firme y determinado a seguir sus reglas compartidas, jefe al fin y al cabo, hasta el final. Disfruten de dos maravillosos momentos que el cine de Peckinpah nos dedicó con la tristeza y la hondura que sólo él supo administrar: cuando a mitad de metraje Pike cae de su caballo y, cuando al final de la película, el fin se refleja en la última mirada de los dos amigos que han cabalgado juntos, han matado juntos y morirán, matando.., también juntos.





Para mí, y perdonen la subjetividad, nunca dos ojos de un hombre, los de Ernest Borgnine, miraron con tanta camaradería y sentimiento a otro hombre en una pantalla, entablando un diálogo sin palabras de apenas unos segundos, una comunicación eterna hecha de honor, lealtad y honestidad. 

Diego NavarroB.